martes, agosto 08, 2006

Colaboración vs. Supervivencia

Uno de los grandes limitantes que tenemos como académicos es nuestro poco interés por compartir el conocimiento que adquirimos y generamos. Esto, sumado a una tendencia que, de acuerdo con Peter Stucki, también se encuentra en Europa (en sus palabras, que cada profesor prefiere utilizar sus propios materiales en sus cursos y no los de otros), hace que sea un verdadero reto el estimular la cooperación dentro del sistema educativo de educación superior.

A mi juicio, la primera presentación que realizó Stephen Downes en el Seminario no mostró cosas realmente novedosas desde el punto de vista tecnológico (prácticamente todas ellas ya las conocía), sino una forma de ver el mundo radicalmente distinta. Creo que allí radica el verdadero valor de esa presentación: Mostró de una manera clara y contundente lo que significa hacer parte de la sociedad del conocimiento, y no sólo hablar acerca de ella. Mostró lo que significa compartir lo que hacemos con otros, sacarlo de nuestras máquinas y de nuestras cabezas. Mostró lo que significa estar en contacto con una comunidad global. Y finalmente, mostró que el cambio no radica en el tener más y mejor infraestructura, ni más y mejor capacitación, sino en lograr operar un cambio cultural en nuestra sociedad. Al menos para este post, un cambio ligado a la colaboración.

Ahora, ¿por qué no colaboramos? Al menos en el entorno académico, en el que he estado por algún tiempo, veo varios factores de gran relevancia:

  • Supervivencia: lo queramos o no, la educación superior en Colombia es un negocio. Esto significa que hay empresas organizadas alrededor de ella lo cual, como en todo sistema comercial, genera unas necesidades claras de supervivencia, asociadas a factores estratégicos que generan competitividad y diferenciación. Así, nuestras instituciones de educación superior necesitan diferenciarse para sobrevivir, bien sea mediante mejor infraestructura, mejor calidad, mejores oportunidades académicas, etc. Ahora, si los mecanismos de generación y adquisición del conocimiento (y los productos correspondientes) de los cuales disponemos pueden verse como un factor diferenciador, compartirlos sería un claro atentado a nuestra supervivencia. Si tenemos una aplicación o un grupo de trabajo/investigación con potencial, no estamos dispuestos a compartir con otros el uso o el trabajo de dicho grupo (con contadas excepciones, como mencionaré en un momento), a menos que podamos recibir una compensación económica por ello. Esta es la posición de directivos de algunas de nuestras instituciones educativas. De alguna manera, la responsabilidad social de las instituciones, en ese sentido, está opacada por la necesidad económica de sobrevivir.

  • Tradición: Históricamente, la socialización y validación del conocimiento, y la construcción de prestigio que produce la academia ha estado restringida a eventos y canales formales: revistas indexadas, foros y congresos. ¿Por qué? Por el mecanismo de la evaluación por pares, que ha ayudado a garantizar la calidad de lo que se produce, y que permite que no tenga el mismo valor un artículo publicado en una revista de entretenimiento que uno publicado en una revista científica. Sin embargo, incluso este útil mecanismo tiene algunas fallas de fondo, como la discrepancia de opinión. Ocurre a menudo que en la revisión de pares, los expertos generan valoraciones diametralmente opuestas, lo cual no sería un problema si uno contara con una amplia base de revisores que permitieran de algún modo establecer un promedio de valoración, por ejemplo. El problema es que en muchos escenarios estas revisiones son realizadas por tan sólo dos personas, lo cual dificulta un consenso. Por supuesto, esto tiene también una clara relación con la perspectiva profesional de cada revisor: Lo que tiene valor para mi puede no tenerlo para mi colega del lado, así trabajemos en la misma área. El lío es que esto puede tener como efecto neto que trabajos sin un verdadero valor sean reconocidos por la comunidad, dejando de lado otros de alta pertinencia. Pero eso es otra historia.

Lo cierto es que estos tradicionales canales formales no estimulan la socialización continua de conocimiento, sino que restringen esto a un momento determinado en el tiempo, en el cual la comunidad de expertos se reúne para conocer el avance en el área. Esto está muy bien para una sociedad en la cual el conocimiento se genera a un ritmo menor que el de la sociedad actual.

  • Mecanismos de evaluación: Ha hecho carrera la expresión "Publish or perish" (Publique o perezca), la cual se relaciona claramente con los mecanismos de evaluación de desempeño docente existentes en la mayoría de nuestras universidades. En muchos casos, es más valorado el número de artículos y ponencias producido que el aporte real que un investigador realiza a la comunidad académica. Tal vez no ocurra en todos los sitios, pero sin duda buena parte de nuestro ambiente académico sufre de este problema.

Esas son algunas de las razones que, a mi juicio, no ayudan mucho a estimular la participación en comunidades emergentes como las que se observan en Estados Unidos o Canadá, y pueden dar unos primeros indicios de los retos que enfrentamos si queremos cambiar la manera en la cual nuestra academia asume la colaboración. Y eso que lo anterior no incluye muchos de los supuestos que caracterizan a nuestra competitiva cultura.

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